Dios creó al hombre inmortal. Nunca fue parte del plan divino que el hombre viniera a este mundo a sufrir y pasar penas y dolores, y mucho menos a terminar en una muerte sin esperanza que nos separa de nuestros seres queridos. Dios es un Dios de amor, y todos sus hijos fueron creador por él para vivir una vida de completa dicha y felicidad eternas.

La transgresión del hombre a las leyes de Dios es lo que ha traído sobre la humanidad la maldición del dolor y la muerte. Es muy importante entender esto.

Dios es un Dios de órden, quien rige todo el universo con leyes que preservan tanto la armonía de los elementos como la armonía entre sus habitantes. De la misma manera que Dios estableció una velocidad exacta para que la tierra gire sin aplastarnos por la fuerza de la gravedad, o se mueva alrededor del sol a una distancia que ni nos congela ni nos derrite por el calor, con esta misma sabiduría Dios puso leyes que el hombre debía de respetar para vivir eternamente, en felicidad permanente y en perfecta armonía.

Desgraciadamente, el hombre escogió rebelarse abiertamente contra las leyes divinas, y la consecuencia lógica e irremediable es el dolor y la muerte. El mundo se ha convertido en un lugar sombrío, lleno de enfermedad, guerras, abusos, catástrofes, desiluciones, frustraciones, angustia, penas y muerte, y todo esto es la consecuencia directa de habernos apartado de Dios.

La sentencia divina contra la transgresión de sus leyes – lo que la Biblia llama ‘pecado’ - es la muerte. Un “pecado” es sencillamente una transgresión a las leyes de Dios, y por cuanto todos pecamos muchas veces cada día, todos estamos irremediablemente condenados a morir.

El mismo Dios, a través de la persona de su Hijo Jesucristo, quiso darnos una segunda oportunidad de retener el plan inicial de vivir eternamente. Y de la manera como esto pudo hacerse posible fué mediante la vida y la crucifixión de Cristo. Jesús vino a este mundo a morir por nosotros, es decir, a ocupar nuestro lugar.

Recuerda que puesto que todos pecamos, todos debemos morir para satisfacer la justicia divina. Pero si hay un sustituto – Cristo -, y este sustituto es nada menos que el mismo Hijo Unigénito de Dios, él está dispuesto a aceptar este sacrificio en nuestro favor como ‘más que suficiente’ para perdonarnos.

Cristo ya pagó, al morir en la cruz, la muerte que a tí y a mí nos hubiera tocado sufrir. La única condición para obtener los beneficios de esta muerte en nuestro favor es demasiado sencilla como para no aprovecharla: Creer. Si tú, con toda sencillez crees que Cristo murió por tí, su muerte reemplaza la tuya, y tú vivirás eternamente. Es así de sencillo.

La pregunta es ¿por qué entonces seguimos muriendo, aún después de haber creído que Cristo murió por mí?

La respuesta está muy claramente explicada en la Biblia: Todos debemos ahora morir temporalmente, por un tiempo, hasta que Cristo regrese a la tierra. Cristo prometió regresar, y sus discípulos anuncian claramente que Jesús regresará a este mundo por segunda vez, a resucitar a todos aquellos que creyeron en él. Cuando esta resurrección suceda, entonces sí seremos investidos de la inmortalidad que Dios siempre quiso que tuviéramos, y que se nos ofrece gracias a la muerte de Cristo.

Este increíble Plan de Salvación ideado por Dios mismo, apenas si ha sido vagamente presentado en la extraordinaria película La Pasión del Cristo. En ella vemos la vida terrenal de Jesús, su obediencia a las leyes de Dios, su carácter perfecto, su naturaleza tierna y amante, su deseo de vivir para servir, y finalmente la muerte injusta y despiadada que él aceptó y permitió que le infligieran por amor a nosotros, para que tú y yo, creyendo en él, podamos vivir eternamente.

Pero lo cierto es que no podremos nunca, con una simple película, comprender la extensión, las implicancias y las bellezas del amor de Dios y de su Plan Maestro. La Biblia es la única fuente donde se encierra el verdadero conocimiento de este plan, de la santidad de la Ley de Dios, de la severidad de su juicio sobre los transgresores de esta Ley, de las profecías que ya se están cumpliendo sobre este mundo perdido, de la obra silenciosa pero arrasadora del Espíritu Santo de Dios, del ministerio de los ángeles en nuestro favor, del amor eterno y los cuidados maravillosos de Jesús por nosotros hoy, y de los milagros que él está listo a realizar en tu vida si lo reconoces como tu Salvador, tu Dios y tu amigo.

Pero viene la pregunta ¿Qué haremos? Me emocionaré hasta las lágrimas y pensaré en Cristo por un día o dos mientras me dura la emoción de la película? ¿O más bien tomaré hoy mismo la decisión firme, seria y responsable de buscarlo, encontrarlo, y hacerlo parte real de mi vida?

 

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11/21/2017
6:25 am

 

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