Los Hechos de los Apóstoles

1. Título.

Desde la antigüedad, este libro ha sido conocido con el nombre de Los Hechos de los Apóstoles, aunque el título no aparece en el libro mismo.

En la copia más antigua que tenemos (aunque incompleta) de este libro, conocida como Papiro 45 (ver t. V, p. 117), y en el Códice Sinaítico, se le da simplemente el título de "Hechos", sin mencionar a los apóstoles. Esto es razonable, pues el libro no es una historia completa de todos esos hombres. Unos pocos capítulos describen la obra de Pedro y Juan, mientras que el resto de libro registra la conversión y el ministerio de Pablo hasta el momento de su primer encarcelamiento en Roma. Por lo tanto, el libro no abarca la obra completa de ninguno de los apóstoles. Por el contrario, guarda silencio en cuanto a casi todos ellos. De los doce, sólo Pedro, Santiago y Juan Juegan papeles importantes en el libro; pero gran parte de la narración está dedicada a Pablo, que aunque fue apóstol no perteneció a los discípulos originales. Por
eso el título "Hechos" sería más que suficiente.

A partir del siglo II comenzaron a aparecer muchas leyendas afirmando que relataban la vida y las vicisitudes de los apóstoles (los Actos de Juan, Pedro, Pablo, Tomás y Andrés están entre los más importantes; cf.  Eusebio, Historia eclesiástica III. 25. 4-7). Estos escritos también llevaban el nombre de "Hechos", y quizá para distinguir al libro canónico de Hechos de estos apócrifos, se agregó al título la palabra "apóstoles", quedando como "Hechos de todos los apóstoles" o "Hechos de los apóstoles".

2. Autor.

La introducción del libro de Hechos (cap.1: 1-14) pone de manifiesto que el Evangelio de Lucas y el libro de Hechos fueron escritos por el mismo autor.

La iglesia primitiva nunca puso en duda la canonicidad del libro, y muy pronto se aseguró un lugar entre los escritos del NT.

3. Marco histórico.

El Imperio Romano estaba en su apogeo. Augusto había colocado un firme fundamento administrativo sobre el cual sus mejores sucesores pudieron construir, y los peores no pudieron demoler. Continuaban los beneficios que la civilización romana aportaba a los habitantes del imperio, aun cuando el gobernante fuera débil o tiránico, o ambas cosas. Los emperadores, durante el período118 abarcado por el libro de Hechos, c. 31-63 d. C., fueron: Tiberio (14-37), Calígula (37-41), Claudio (41-54) y Nerón (54-68).  Tiberio y Claudio se esforzaron por el bien de sus vastos territorios; en cambio, Calígula y Nerón, lo poco que hicieron, fu para mal.  Pero, a pesar de estas variaciones en el gobierno se mantuvieron en e imperio las condiciones favorables para la propagación del Evangelio.  Los factores que ayudaron en la tarea de los apóstoles fueron: un gobierno relativamente estable, un sistema administrativo común, la justicia romana, una ciudadanía que cada vez se otorgaba con más facilidad, la paz preservada por legiones bien disciplinadas los caminos que llegaban hasta cada rincón del mundo entonces conocido, y su idioma -el griego- que se entendía casi en todas partes.

Al principio la nueva religión aprovechó su vinculación con el judaísmo.  La raza escogida había sido dispersada en muchos lugares del imperio, y sus creencias básicas con el tiempo fueron toleradas por los romanos.  El cristianismo, como un desprendimiento de la fe más antigua, compartió esta tolerancia; pero después el judaísmo cayó en desgracia. Los judíos fueron expulsados de Roma durante el reinado de Claudio (Hech. 18: 2), y las vehementes aspiraciones nacionales de ello ocasionaron la rebelión en Palestina y las desastrosas guerras de los años 66-70 d. C., que culminaron con la destrucción de Jerusalén en el año 70 d. C. Cuando empeoro la situación del judaísmo, la posición del cristianismo se hizo más peligrosa.  Era una religión no reconocida legalmente, y sus miembros no estaban amparados por la ley. Cuando surgían dificultades, como cuando Roma fue incendiada en el año 64 d.C., fue fácil echarle la culpa a la comunidad cristiana; y la persecución que sobrevino estableció un terrible precedente que se siguió Fielmente en los años sucesivos.

Esta situación sirvió como telón de fondo a Lucas al preparar su historia de la iglesia primitiva Y al escribir los Hechos de los Apóstoles.  Un estudio más detallado del trasfondo histórico del NT aparece en el t. V, pp. 48-74, 650-651, y en el t. VI, pp. 24-35, 73-86, 91-97.

4. Tema.

Lucas declara (Hech. 1: 1) que en el "primer tratado" había relatado todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñhar". Con clara visión histórica reconoció que la obra de Jesús en la tierra era sólo un comienzo, el cual había relatado en su Evangelio. Pero sabía que su historia estaría incompleta si se omitía la narración de lo que Jesús hizo por medio de su iglesia naciente después de su ascensión. Por lo tanto, se propuso describir la continuación de la obra de Cristo mediante el ministerio de sus discípulos. A partir de la orden registrada en Hechos 1: 8, describe en forma ordenada los hechos de los apóstoles. En obediencia al mandato de su Maestro, los discípulos dieron testimonio (1.) en Jerusalén, (2) en toda Judea, (3) en Samaria, y (4) hasta lo último de la tierra. En la descripción de las actividades de los apóstoles hecha por Lucas, en forma natural surgen estas divisiones, y de esa manera el libro registra el crecimiento geográfico de la iglesia primitiva.

También registra otro elemento de importancia.  En sus comienzos, la iglesia era judía, pero nunca habría podido cumplir su misión mundial si hubiera permanecido dentro de los límites de una religión exclusivista como el judaísmo.  Necesitaba liberarse de ese exclusivismo.  Lucas bosqueja los pasos que llevaron a esa liberación.  Su narración describe el crecimiento del cristianismo que comenzó siendo una secta judía, y se convirtió en una religión internacional, hasta que Pablo pudo decir que el Evangelio se predicaba "en toda la creación que está debajo del cielo" (Col. 1: 23).  Lucas relata que miles de judíos, entre ellos sacerdotes, muy pronto aceptaron el Evangelio (Hech. 6: 7), y que las persecuciones pronto indujeron a Felipe a evangelizar a los samaritanos y al etíope que conocía algo del judaísmo (cap. 8).  Narra cómo
Pedro llegó hasta Cornelio, el centurión romano (cap. 10).  Destaca cómo unos hombres de Cirene y Chipre predicaron por primera vez a los que no eran judíos (cap. 11); cómo, una vez abiertas las puertas, Pablo y sus colaboradores evangelizaron a gran número de paganos (cap. 13-14); y cómo, con la ayuda de Pedro y Santiago, fue posible conseguir que los conversos gentiles fueran liberados de la sujeción al ritual judío (cap. 15).  Su relato termina con un vívido cuadro de la propagación del Evangelio por todo el mundo romano oriental (cap. 16 a 28). Lucas ve cómo el cristianismo llega a ser, en gran medida, una religión de gentiles.

Lucas estaba muy bien dotado para ser el historiador de ese movimiento.  Se cree que era gentil. Mostró un profundo interés por el ministerio a los que no eran judíos (ver t. V, pp. 649-650). Resultó, pues, muy apropiado que Lucas fuera el escogido para relatar la proclamación del Evangelio al mundo gentil.

El autor de los Hechos reconoce plenamente el lugar del Espíritu Santo en el crecimiento de la naciente iglesia. Desde el día en que Jesús dio "mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles" (cap. 1: 2), el Espíritu aparece como el consejero de los dirigentes y de sus colaboradores. Por medio del milagro de Pentecostés "fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen" (cap. 2: 4). Un poco Oirás tarde los creyentes también "fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios" (cap. 4: 31). Los siete varones escogidos como diáconos estaban también "llenos del Espíritu Santo y de sabiduría" (cap. 6: 3), y Esteban, uno de los más destacados de ellos, era "varón lleno de fe y del Espíritu Santo" (vers. 5). A medida que el relato prosigue, el Espíritu continúa guiando en situaciones tales como la ordenación de Saulo (cap. 9: 17), en la aceptación de los gentiles en la iglesia (cap. 10: 44-47), en la consagración de Bernabé y Saulo para la obra misionera (cap. 13: 2- 4), en el concilio de Jerusalén (cap. 15: 28), y en los viajes misioneros de Pablo (cap. 16: 6-7).  Por lo tanto, puede decirse que el libro de los Hechos es el relato de una parte de lo que hacía el Espíritu por medio de los apóstoles y sus seguidores.

 

 

 

 
       
       
       
 
   
       
       
       
       
       
       
       
       
       
       
       
   
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11/21/2017
6:32 am